

Casualmente me tocó ir a un entierro el primero de noviembre.
Al entierro llegué tarde, pero el espectáculo era impresionante.
No fui a uno de los cementerios clásicos, eso sí. Se trató de uno donde los muertos están cubiertos de cuidadas praderas, todos con las mismas ¿lápidas? Unas plaquitas de 40*20 cms. puestas regularmente distanciadas en el suelo, cada una con 4 o 5 tubos de pvc gris como contenedor de flores. El lugar, era un parque, lleno de flores y de gente.
La gente aparentemente diversa y especialmente distinta a todo lo que mi cultura de muertos y entierros conocía.
Mis primeros recuerdos de un cementerio son del General o tal vez el Católico, en donde lo que se ve da cabida e incluso incitan al misterio y las leyendas urbanas. La imaginación vuela y el miedo también.
La primera vez que recuerdo, fui por algún pariente, quizás mi abuelo materno, pasar por esas cruces y mausoleos o los nichos apilados hasta el infinito es una experiencia que te hace comprender algunos sentimientos que te poblarán más tarde la vida.
Luego, en la época de los milicos ir al cementerio era ir a enterrar combatientes amigos y desconocidos o una excusa para protestar. Siempre entre mausoleos y tumbas, nichos y cruces, flores añejas, olores rancios y penumbras.
Pero, en pleno siglo 21 de la “sociedad del espectáculo” (intelectuales del mundo perdonen si me equivoco), la impresión que me dejó el día de ayer es que los nuevos cementerios no son más que la expresión de lo fric que hemos llegado a ser: antes de entrar el comercio ambulante vende de todo: ropa, santitos, flores, joyas, comida, juguetes...no vi condones eso sí. Luego hay un discreto cartel que anuncia "los servicios", antiguamente se les llamaba entierros. Más allá, al lado de un stand de promoción del cementerio, unas sillas cubiertas con un inmaculado toldo y un escenario, por un momento me creí en la Isla de la Fantasía. "Y luego, y luego...." mucha gente, muchas flores, diáfano, pulcro, la muerte inmaculada. Aquí no caben ni drácula, ni ni el conde de montecristo y sin lugar a dudas yo tampoco, humilde pecadora. Entre ese cementerio y el mall que visité más tarde francamente no encuentro las siete diferencias, ni una sola, la verdad.
Pido a dios, en el que a veces me da por creer, que se las arregle para que yo no llegue a uno de estos lugares. Si he de ser puesta en algún lugar, que sea en el lago de todos los santos.

AMEN